Tom esperó. Esperó, como cada noche, a que la casa le dijera que ya podía moverse. Primero venía el silencio de la tos: al otro lado de la pared, su padre respiraba largo y despacio, sin ese ruido de grava que le salía del pecho las noches malas. Después venía el ronquido corto de Jack, allí a su lado, con la boca abierta y un brazo caído sobre el jergón. Y por último, si se quedaba muy quieto, se oía el tictac de la vieja lata de galletas donde su madre guardaba los peniques, que crujía cuando se enfriaba la chimenea.
Esa noche llegaron las tres señales. Tom contó hasta cien, por si acaso.
Metió la mano debajo del jergón, entre la paja y las tablas, y sus dedos encontraron primero el cabo de vela y luego el libro. El cabo lo había recogido de la capilla; el libro no necesitaba pedírselo prestado a nadie, porque era suyo, la posesión más valiosa que tenía. Lo tenía tan visto que podría haber recitado las primeras páginas con los ojos cerrados. Pero necesitaba verlo, sentir el papel.
Encender la vela era lo difícil. Una cerilla costaba medio penique y a Tom se le hacía un nudo en el estómago solo de pensarlo, así que la prendió con un palo que había arrimado antes a las brasas de la cocina. Fue de puntillas hasta la mesa, con la llama tapada entre las manos. La segunda tabla del suelo crujía. La evitó. Se sabía aquella casa de memoria, como se sabía el libro.
Se sentó en el escalón de la puerta trasera, con una manta sobre los hombros. Fuera, el cielo tenía ese color de ceniza mojada que solo tenía en Sunderland, y a lo lejos, sobre los tejados de Pit Row, se recortaba la silueta del pozo de Wearmouth, negra y fija como un dedo apuntando a las nubes. En cinco o seis horas, aquella torre se tragaría a su padre. Y a Jack.
Abrió el libro. Oliver Twist, edición de 1872, tapas de tela desteñida, esquinas redondeadas de tantas manos. Leyó una vez más cómo un niño como él, sin nada, se atrevía a pedir un poco más de sopa. Se rió sin ruido. Y cuando llegó a las últimas páginas, como siempre, se le apagó la sonrisa.
Allí, alguien había vuelto una botella de tinta sobre el papel. Un lago negro y seco cubría el final de la historia. Tom pasó el dedo por encima, como si así pudiera leerlo. No podía. Llevaba meses queriendo saber cómo terminaba y no había manera.
Aquella afición suya por los libros era, en el fondo, cosa de su madre, y tenía su punto de paradoja: ella apenas había pisado la escuela el tiempo justo para aprender las cuatro letras, y aun así había hecho de la lectura una costumbre que fue pasando a todos sus hijos, noche tras noche, junto al fuego, en los inviernos largos de Pit Row. Aquel ejemplar de Oliver Twist lo había encontrado ella misma, años atrás, tirado en una esquina de las calles del puerto —abandonado allí, quizá, precisamente por defectuoso—, tan deteriorado que las últimas páginas eran ya solo una mancha oscura de tinta corrida por la humedad. Tom nunca llegó a saber cómo terminaba la historia, pero eso, lejos de apartarlo del libro, lo tenía cautivado: era, sin que nadie se lo discutiera, la posesión más valiosa que tenía.
Los otros libros, los ocho que guardaba bajo llave el señor Wilkinson en la pequeña biblioteca de la escuela, se los sabía Tom de memoria, de tanto pedirlos prestados: el Macbeth de William Shakespeare, La isla de coral de R. M. Ballantyne, La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne, Las minas del rey Salomón de H. Rider Haggard, El progreso del peregrino de John Bunyan, Robinson Crusoe de Daniel Defoe, Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift e Ivanhoe de Walter Scott. Se los sabía como se sabían otros chicos del barrio la alineación completa del Sunderland del año en que ganaron la liga: de carrerilla, sin pensar, capaces de recitarla aunque los despertaran a medianoche. De todos ellos, dos lo habían hecho soñar más que ninguno, llevándolo a tiempos y lugares muy distantes: Ivanhoe, que lo trasladaba a torneos y castillos de una Inglaterra medieval que ya no existía, y Los viajes de Gulliver, que lo dejaba varado en islas imposibles, entre gigantes y hombres diminutos.
Pero había un libro que Tom no tenía, y que por eso mismo deseaba más que ninguno: La isla del tesoro. En los escaparates de las librerías de la ciudad, en esas contadas ocasiones en que bajaba al centro, había visto los números de una revista, Young Folks, que publicaba por episodios aquella historia que a él le intrigaba solo con imaginarla: debía de ser algo extraordinario, pensaba, la obra de un tal Robert Louis Stevenson. Con ella soñaba, y se prometía que algún día también llegaría a sus manos.
—¿Otra vez con eso?
Tom dio un salto y la llama se estremeció. En el umbral, envuelta en su camisón, con los rizos revueltos y los ojos muy abiertos, estaba Nellie.
—Baja la voz —susurró él.
—No he dicho nada —susurró ella, mucho más alto de lo que hacía falta—. Tienes que dormir, Tom. Mamá dice que si no duermes, no creces.
—Mamá dice muchas cosas.
—Y tiene razón en casi todas.
Nellie se sentó a su lado sin pedir permiso, encogida de frío. Tom se movió un poco para hacerle sitio en la manta. Se quedaron un rato callados, mirando el pozo.
—¿Sabes qué? —dijo al fin ella—. Si se entera Jack de que gastas vela...
—Jack no se entera.
—Jack se entera de todo.
Y como si la hubiera oído, desde dentro llegó un ruido de jergón, un carraspeo, y la voz ronca del hermano mayor, medio dormida:
—Apagad esa luz, bairns. Mañana hay que ganarse el pan.
Tom sopló la vela. La oscuridad los envolvió. Nellie le apretó la mano un segundo y se metió dentro. Él se quedó sentado un momento más, con el libro contra el pecho, oliendo a cera fría y a carbón, que era el olor de todo lo que tenía.
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La mañana llegó con la sirena del pozo, esa voz larga y ronca que hacía temblar los cristales y marcaba el turno de los hombres. Su padre bajó las escaleras con el pecho silbándole, la cara todavía hinchada de sueño, y se sentó a la mesa a tragarse el pan mojado en té. Jack le imitó, con los mismos gestos, con los mismos hombros que empezaban a parecerse a los suyos. A Tom le dolió mirarlos.
Su madre andaba ya con el chal puesto y la cesta bajo el brazo.
—Nellie, ayuda a Alfie con el desayuno. Tom, tú no llegues tarde a la escuela. Y no le des la lata a la señora Ferguson, que ya bastante hace por nosotros.
—Sí, mamá.
—Y no gastes velas —añadió sin mirarle, mientras se ataba el pañuelo.
Tom se puso colorado hasta las orejas. Su padre, sin levantar la vista de la taza, esbozó algo parecido a una sonrisa y tosió.
Ese día, mientras los hombres bajaban a la mina y las mujeres se repartían por el pueblo, Tom fue a la escuela como cualquier otro día, sin saber que el domingo iba a cambiarle algo por dentro.
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Sunderland ya no era el pueblo pequeño que habían conocido los abuelos de Tom. El astillero del Wear no paraba de crecer, botando barco tras barco hasta que el río olía más a brea y a hierro que a otra cosa, y el pueblo se había ido hinchando, año tras año, hasta convertirse en una ciudad de más de ciento treinta mil almas: una más de las muchas que estaba pariendo aquella revolución industrial de la que tanto hablaban los periódicos y, los domingos, también los púlpitos. En el centro habían brotado tiendas nuevas y escaparates con cosas que Tom jamás llegaría a comprar, y una clase acomodada que se paseaba por allí con aire de quien ha llegado para quedarse. Pero fuera de esas calles relucientes, la ciudad seguía siendo, sobre todo, de los suyos: de la gente de Pit Row y de tantos otros barrios apretados junto a las minas, donde las casas no eran de quien las habitaba sino de la compañía, que las prestaba mientras uno de los suyos siguiera bajando al pozo y las reclamaba de vuelta en cuanto ese hombre dejaba de hacerlo, por la razón que fuera: la jubilación, un accidente, la muerte.
La mina solo le daba a su padre un día de descanso: el domingo. Y ese día se lo entregaba entero a la capilla metodista primitiva, sin que hiciera falta preguntarle por qué. Al pastor Hutchinson lo conocía de antes de que fuera pastor: habían picado carbón codo con codo, en la misma veta, hasta que un accidente le rompió algo por dentro que ya no volvió a soldarse y lo sacó de la mina para siempre. Desde entonces Hutchinson había cambiado el pico por la Biblia, pero para el padre de Tom seguía siendo, ante todo, su viejo compañero de turno. Lo admiraba, además, por lo que había hecho con esa segunda vida: se había volcado en ayudar a las viudas de la mina, esas mujeres que de un día para otro se quedaban sin marido y, poco después, también sin la casa que la compañía les retiraba, y a las que Hutchinson buscaba techo, trabajo, lo que hiciera falta. Por eso no había domingo, hiciera el tiempo que hiciera, en que faltara a su sermón.
La capilla metodista primitiva de Pit Row olía a cera, a lana húmeda y a jabón de sosa. Los bancos crujían bajo el peso de familias enteras, con los mineros en su ropa de domingo, los cuellos tiesos y las manos limpias, aunque siempre con la línea negra del carbón bajo las uñas.
El pastor Hutchinson subió al púlpito y esperó. Era un hombre delgado, de ojos hundidos y voz grave, que hablaba despacio, como si cada palabra costara un penique.
El ahorro era, como tantos otros domingos, uno de los asuntos a los que el pastor volvía una y otra vez desde aquel púlpito, un tema recurrente que la propia iglesia metodista propiciaba. Pero aquel domingo lo trajo de la mano de una historia nueva.
—Hermanos —dijo—, hoy no quiero hablaros del cielo, sino de la tierra. De lo que podemos hacer aquí, en Wearside, para que nuestros hijos vivan mejor que nosotros.
Tom se removió en el banco.
—He visitado esta semana una escuela de la ciudad. Allí han creado algo que llaman penny bank. Cada viernes, cada niño lleva lo que puede: un penique, dos, los que sean. La escuela los recoge todos y los ingresa en la oficina de correos, gracias a esa ley del sesenta y uno. La cuenta figura a nombre de uno solo, el director del colegio, que la lleva en representación de todos, pero el dinero es de cada niño, apuntado uno por uno en un libro, guardándose para lo que cada cual decida el día de mañana.
Hubo un murmullo. Un hombre, detrás, resopló.
—Un penique no da para nada —dijo alguien.
—Un penique, no —contestó el pastor, sin alzar la voz—. Pero un penique cada semana, año tras año, sí.
Pero mientras el pastor seguía con el oficio, la cabeza de Tom había echado a volar por otro camino, y no conseguía traerla de vuelta. ¿Y si, en lugar de guardar cada penique para uno mismo, todos los niños de la escuela juntaran los suyos para un fin común? No cuentas para cada cual, sino algo de todos: libros. Muchos libros, de todos los temas, suficientes para que la biblioteca dejara de ser aquellas ocho novelas gastadas y roídas por el uso y se convirtiera en algo capaz de alimentar a todos los niños del colegio, no solo a los pocos que, como él, llevaban meses leyendo y releyendo lo mismo. Pensó en las hojas sueltas, en las manchas, en el lago negro al final de Oliver Twist. Y pensó en el señor Wilkinson, el director, tan seco, tan serio, que siempre decía que la lectura era la única herencia que un pobre podía dejar a sus hijos.
Miró hacia el banco de delante. Allí estaba el doctor Ross, que había venido a ver a la vecina enferma hacía un mes. Tom recordaba su maletín negro, las manos limpias, cómo la señora Ferguson había dejado de llorar en cuanto lo vio entrar. «Algún día», pensó, sin atreverse a decirlo ni a sí mismo. «Algún día yo también.»
Pero para eso hacían falta libros. Muchos libros.
Nellie le dio un codazo. Alfie, sentado en el regazo de su madre, roncaba con la boca abierta. Al otro lado, Jack miraba el techo con cara de aburrimiento.
—¿En qué piensas? —susurró Nellie.
Tom tardó en contestar.
—En que voy a hablar con el señor Wilkinson —dijo por fin—. El lunes.
—¿Y si dice que no?
—Entonces tendré que convencerle.
Fuera, más allá de las ventanas de la capilla, se oyó la sirena del pozo. Alguien, en algún lado, tosió.